
Hay momentos en los cuales, a pesar de frecuentes recaídas, frustraciones eventuales y múltiples desatinos, la vida nos regala fascinantes vivencias que nos permiten sonreír.
El día en que salí de excursión, recuerdo bien lo que llevaba de equipaje: solamente una botella de agua, tal vez menos que eso. Mis amigos y allegados vaticinaron un rotundo fracaso, sin contar las innumerables veces que trataron de persuadirme de la aventura temiendo que volviera lastimada, enferma o que fuese atacada por los nativos. Aun asi, cansada de vagar en el mar de la inercia que terminaría por consumir todas mis energías paulatinamente, me embarqué en la aventura de explorar la selva en solitario.
Muchas veces fuí atacada... ¡Por la plaga que prolifera entre los ríos y pantanos!... Algunos nativos no fueron muy amigables, en cambio otros me ofrecieron su hospitalidad y cuidados; la verdad la selva no es muy receptiva, pero es tan bonito el amanecer en ella!... Es fabuloso presenciar el ocaso, en cualquiera de sus montañas y disfrutar del sonido de las aves, que alborozadas hacer círculos en el cielo al amanecer. Ahí deja su rudeza y se muestra hermosa, plena. Invita a ser disfrutada, pero sólo por auténticos sobrevivientes. Y en eso me convertí. Ya con muchas llagas, producto de las incesantes picadas de cuando bicho raro hay por ahí, luego de ser perseguida en una ocasión por un horrendo cunaguaro, sin contar innumerables raspones, haberme sometido a la extraña gastronomía de los locales y luego de haber perdido incluso, la motivación siquiera para despertar al saber que sólo vería monte, fango y humedad, encontré una fascinante comunidad, perdida incluso, de los mapas facilitados por mi último guía turístico...
Luego, no es que me adapté a la selva, sino que la selva se adaptó a mi y me recibió como una más de sus hijas. Sin darme cuenta, con el transcurrir de los días, ya no me picaron más los mosquitos, ni los enormes zancudos, con lo que desaparecieron todos esos poporos que me hacían parecer como si tuviera viruela. Los de la comunidad me enseñaron a pescar, cazar...¡y hasta nuevos métodos para cocinar!!Pero lo que me inculcaron más fue aprender a disfrutar la selva...Su hermosura y las bondades que ofrece. Cuando regresé, mis amigos y familia, se extrañaron y sorprendieron de forma gratificante con el cambio, y el hermoso color que dejó en mi el sol incandescente de forma concomitante junto a la llovizna. Ese día sonreí al verlos a todos de nuevo.
"No vivas soñando. Deja que tu sueños vivan en tí"
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